¿Qué tipo de educación
queremos para nuestros hijos?
Carmen y José Luís Zurita,
periodista
"Como tantos matrimonios -escribe José Luís-, mi esposa Carmen y yo hemos hablado en muchas ocasiones sobre la educación de nuestros hijos. Tenemos cinco: Álvaro es el más pequeño. Queremos, como cristianos comprometidos con nuestra vocación bautismal, formar una familia cristiana y educarlos bien para la vida.
"Educarlos bien para la vida". Esta es una frase que se dice pronto, pero en la práctica es una meta ambiciosa y difícil, a la que aspiramos todos los padres. Pienso que es difícil, porque, además de hijos nuestros, son también hijos, en mayor o menor medida, de su tiempo; del influjo de los medios de comunicación -yo soy periodista-; de las costumbres de la sociedad que les rodea; de sus amistades, de sus compañeros de colegio...
Nuestro grano de arena
Para esa razón Carmen y yo estamos sacando adelante, junto con otras familias de la Isla, algunas iniciativas de carácter educativo, como el Colegio Tágara o el centro infantil Parque, que son pioneros en algunas técnicas pedagógicas. Con ellos deseamos poner nuestro granito de arena en el mejoramiento de la sociedad canaria.
Somos conscientes de que no es fácil educar a los hijos en un tiempo como éste. Requiere estar educando siempre, con fortaleza y con buen humor, en todo momento; y educar para siempre, con visión de futuro. Y en este aspecto, vemos como algunos padres, sin darse demasiada cuenta, confunden la felicidad con el bienestar. "Yo quiero lo mejor para mis hijos -nos dicen-; y que tengan de todo lo que yo no tuve". Y se matan trabajando para darles todas las comodidades posibles, y para evitarles todo lo que les pueda contrariar. A veces, intentan dárselo todo hecho.
Y los resultados no son siempre los esperados, porque para madurar es necesario luchar y esforzarse; es necesario superar las dificultades. Los padres no podemos luchar por nuestros hijos: son ellos los que tienen que ejercitar su libertad y luchar contra sus malas tendencias.
Los hijos tienen que aprender, tarde o temprano -mejor temprano que tarde- lo que cuesta ganarse la vida; tienen que saber convivir con personas de caracteres distintos; soportar carencias; vivir sin caprichos; asumir riesgos; aprender a vencer y a fracasar sin venirse abajo, sin desmoronarse...
Carmen y yo vemos que, como padres, tendemos a evitar que nuestros hijos fracasen; y a veces caemos en un exceso de proteccionismo que los deja indefensos y sin fuerzas para vencer las dificultades. Vemos que hay padres que cuando sus hijos no rinden en el estudio le echan la culpa por sistema a los profesores, y sin saberlo, los deforman, porque por ese camino se corre el riesgo de fomentar en ellos un sentimiento de autocompasión constante. Y algunos acaban concluyendo, por este camino, que la culpa de mis fracasos es siempre de los demás.
No basta con querer mucho a los hijos -concluimos Carmen y yo-: hay que aprender a quererlos bien.
Se trata de ayudarles, sin suplirles; y esto es todo un arte, que requiere mucha oración y mucho equilibrio entre la libertad y la autoridad; porque resulta más cómodo -especialmente cuando el horario laboral deja poco tiempo para estar con los hijos- pasar por alto sus pequeños o grandes defectos, antes que irles ayudando, día a día, con constancia, con esfuerzo, a ir adquiriendo las virtudes que necesitan: capacidad de abnegación y sacrificio, sinceridad, fortaleza...
También en esto deseamos hacer realidad en nuestra vida las enseñanzas de san Josemaría, el santo de la vida cotidiana. Algunos le llaman "el santo del trabajo".
Carmen y yo lo consideramos, sobre todo, "el santo de la familia", porque ha ayudado a miles de mujeres y hombres del mundo a vivir bien su vocación cristiana como casados y como madres y padres de familia. "En la educación de vuestros hijos -aconsejaba san Josemaría- debéis compaginar la libertad y la autoridad".
Un equilibrio difícil
Libertad y autoridad al mismo tiempo: un equilibrio difícil. Los padres tendemos a uno de los dos extremos: a pasarnos de rigurosos o de bondadosos.
Quizá más por el segundo extremo, y eso explica que haya niños caprichosos que acaban haciéndose los tiranos de la casa, porque irlos corrigiendo una vez y otra, con paciencia y con una sonrisa en los labios, es algo que desgasta mucho. Pero es nuestra tarea: ayudarles a sacar lo mejor que tienen y a dar lo mejor de sí mismos, aunque a veces les duela.
Carmen y yo soñamos con unos centros educativos que nos ayuden (no que nos sustituyan) a los padres en nuestra gran responsabilidad: la educación de nuestros hijos. Sabemos que para muchos canarios estos centros son una fuente de esperanza.
En esos centros lo primero debe ser la formación de los propios padres para su misión; luego, la formación de los profesores, para que den una enseñanza de calidad, personalizada; y luego, los hijos, que se beneficiarán de todo esto.
Hemos previsto llegar a un acuerdo con la Prelatura del Opus Dei, para que estos centros cuenten con un capellán y se de en ellos una buena formación moral y espiritual.
Hemos visto que en centros educativos semejantes hay muchos padres no cristianos o no católicos, que desean esta formación genuinamente cristiana para sus hijos, aunque no estén bautizados y no compartan la fe, porque consideran que conocer la concepción de la vida cristiana les proporcionará unos valores muy importantes.
Esta es nuestra aventura: la educación de nuestros hijos. En estos momentos, se concreta en la puesta en marcha de las guarderías y en los primeros pasos del futuro colegio Tágara.
Todas las familias que estamos implicadas en esto sentimos en nuestros hombros el peso de la responsabilidad, que es totalmente nuestra.
No estamos solos, porque muchos padres de la isla están colaborando con nosotros para sacar adelante el negocio más importante para unos padres: la educación de los hijos.
Carmen y José Luis Zurita
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